La nueva historia de Marcelo Birmajer: Los pájaros quietos (segunda y última parte)

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Resumen de la primera parte: Natalio, un marido que no es amado por su esposa Eugenia, a la que sí ama, viaja a Siam en busca de un improbable método de pesca. En cambio encuentra pájaros quietos en el aire, como muertos pero sin descomponerse. De regreso a Buenos Aires, la joven hermana de su socio le presta inusual atención.

Sandra era la hermana de Roble, uno de sus dos socios. Roble no parecía molesto por las atenciones que le brindaba Sandra. En rigor, Natalio había concurrido desavisadamente al taller, tras contarle a Eugenia su descubrimiento. La relación de Natalio con el taller y con sus dos jóvenes subordinados era como la de un rentista. Pero sintió tal soledad en su propio hogar, que quiso buscar algo de confort en el taller mecánico, levantado con sus propias manos décadas atrás.

Al relatarle a Eugenia el evento de los pájaros quietos en el aire, el derribo de uno de ellos al golpe del barrilete remontado por los dos niños y el descubrimiento de que, probablemente muertos, no se descomponían, la esposa replicó:

-Estás hablando pavadas.

-Lo vi con mis propios ojos -insistió Natalio-. Mantuve el pájaro quieto junto a mi carpa, con el asco que me dan, para confirmar que no se descomponían.

-Probablemente sea un ardid de los siameses para engatusar turistas. Quién sabe cómo logran mantener los pájaros en el aire. Luego los derriban a piacere. Finalmente te sacan unas rupias. Pero te les fugaste antes de que te estafaran.

-No puede ser -desmintió Natalio-. Sostuve mi guardia varios días. No se hubieran esforzado tanto sin sacar réditos.

Como la pareja no había concebido hijos, cuando Natalio mencionaba a los dos niños de su aventura, sentía cierta aprensión. Pero Eugenia no paraba mientes en esa circunstancia.

-Si la esposa de Newton hubiera descreído del impacto de la manzana en la cabeza de su marido -porfió Natalio-; si le hubiera recomendado callar. O si hubiera puesto en duda que efectivamente la manzana le golpeó la cabeza… quizás el mundo aún desconocería la ley de gravedad.

Eugenia contestó al argumento con una muda expresión sarcástica. De haber lanzado una carcajada, sería sardónica. El propio Natalio consideró algo grandilocuente su parlamento. Pero la reacción de su esposa lo humillaba más de lo que correspondía. Ciertamente no era Newton, pero el hallazgo de pájaros quietos en el aire, que no se descomponían después de muertos, por inútil que fuera, ameritaba un instante de asombro, una pátina de admiración. Se fueron a dormir peleados y silentes.

Al día siguiente, en el taller, Roble atendía un Chevy desde la fosa, cuando Sandra entró en escena con su ímpetu de odalisca urbana. Usaba una suerte de bata budista para cubrir su bellísima silueta, suculenta y sutil a la vez. Natalio se la quedó mirando, de todos modos, mucho más por lo inesperado de su concurrencia que por lo atractiva que pudiera ser.

-Me mirás como si fuera un pájaro quieto en el aire -dijo Sandra-.

La transparencia de la frase, atinente a un acontecimiento que sólo le había contado a su esposa, lo dejó estupefacto. No supo si había palidecido o se había ruborizado.

-¿Cómo sabés? -preguntó con un hilo de voz-.

-¿Cómo sé qué? -consultó Sandra-.

-Que vi los pájaros quietos en Siam, que mueren y no se descomponen.

-Qué sé yo -siguió Sandra con la osadía de las mujeres irresistibles-. Se me ocurrió la metáfora. No sabía nada.

La coincidencia los anudó. Salieron del taller caminando juntos, y Sandra lo invitó a una casa de té donde prodigaban toda clase de sabores. Al terminar de informarla sobre cada uno de los detalles de su peripecia en Siam, la muchacha alentó:

-Es un hallazgo científico de primer orden. Yo soy cosmetóloga y manicura. Pero llegan revistas de divulgación al salón. Muy serias. Asuntos mucho menos relevantes figuran en tapa. A mí me encantan los pájaros. ¿A vos?

-Los he observado durante toda mi vida -confesó Natalio, sintiendo la calidez de un alma gemela-.

Del bar también se marcharon a dúo. En el trayecto hasta la casa de Sandra -aunque largo, valía la caminata-, ella abundó en la necesidad de regresar a Siam, quizá juntos, tomar muestras, fotos, atender con instrumentos de medición. Hacer pública la especie.

-No -la sofrenó Natalio-. La verdad es que, no sé por qué, sólo me interesa observar las aves. No estudiarlas.

Sandra aceptó la limitación con una sonrisa comprensiva. Pero en cuanto llegaron al umbral de su hogar, le ofreció pasar a tomar mate. Natalio aceptó alelado. La muchacha le cebó el mejor mate que hubiera probado nunca. Acto seguido, ella retomó:

-Un hombre que accede a un conocimiento de esa magnitud, no puede dejarlo pasar.

Algo había hecho en su atuendo, que el escote se profundizó. Calzó unas sandalias: los encantadores dedos de los pies, cotidianos e invitantes.

-¿Cuántas veces pasa la barca de la oportunidad por nuestras vidas? -acotó Sandra-. Yo llamaría ya mismo a alguna de las revistas para que nos financien el viaje a Siam. Sos el hombre providencial.

-Y si no hago nada de todo eso… -preguntó Natalio con un hilo de voz.

Sandra no habló. Al instante dijo, monocorde, que cambiaría la yerba. Regresó de la cocina con una actitud parca.

Natalio abandonó aquella casa sabiendo que la muchacha censuraba su posición. Cualquier futuro contacto dependería de aceptar el sitial de investigador. Lamentablemente, no se le antojaba.

Esa noche en el lecho conyugal, a prudente distancia de su mujer dormida, Natalio caviló acerca de los pájaros quietos. Previo a descubrirlos, había considerado la posibilidad de una prehistoria en la que los pájaros dominaban la Tierra. Con el transcurso de los milenios, frustrados por la inanidad del poder, se habían resignado a vivir como peregrinos sin propósito. Los pájaros quietos de Siam fueran el eslabón más avanzado de esa evolución: renunciaban al movimiento y a la muerte. Eran en una quietud ajena al tiempo y al espacio. Auscultó en lo profundo de su corazón, y se dijo que a los hombres no les era dado ese privilegio. Acorralados por la soledad y azuzados por la capacidad de decisión, cada movimiento contaba en el tablero de un juego del que desconocían las reglas.

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