La fórmula Milei para seducir a inversores

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La idea no era mala. Un evento como Argentina Week podía despertar el interés de potenciales inversores. Encabezado por Javier Milei, Manuel Adorni y Luis Caputo, y que fuera una vidriera para mostrar las oportunidades que hoy brinda el país. Y junto a gobernadores de distinto signo que representaran la convivencia democrática y la coincidencia con los lineamientos generales de un modelo exitoso.

Pero algo falló camino al éxito.

¿Chávez o Lula? Lo primero que falló fue dar por supuesto que Milei se mostraría como alguien que no es, un líder capaz de transmitir la sensación de normalidad que necesitan los inversores. Que es como se suelen exhibir en este tipo de eventos los líderes que persiguen lo mismo: calmos, con discursos que resaltan la previsibilidad de una nación en la que políticos y empresarios están unidos por objetivos similares.

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El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Lo segundo que falló fue que el jefe de Gabinete se convirtió en tema inevitable. Y no por su discurso a los inversores, sino por subir a su esposa en el avión presidencial, siendo él quien había comunicado el decreto que prohibía ese comportamiento, propio de la casta.

Los inversores esperaban a un estadista y encontraron a un hombre iracundo…

Todas las crónicas (incluso las de los medios más oficialistas) revelaron una misma trastienda de potenciales inversores preocupados por lo que vieron y escucharon.

Esperaban a un estadista y se encontraron con un hombre iracundo cuyos principales enemigos parecían ser aquellos sectores a los que debía seducir.

Con una virulencia verbal más propia de un Chávez que de un Lula. Llamando a sacarse “de encima a los empresarios y políticos prebendarios”, acusando a Paolo Rocca (el día que apareció en Forbes como el empresario más rico) de coimero y de “atacar a los argentinos durante años”, y afirmando que Madanes Quintanilla (Fate, Aluar) lo había amenazado (“nos tiró 920 trabajadores en la calle”).

Los cronistas coincidieron en señalar el escozor generalizado. “¿Y si un día se enoja y me acusa a mí en Wall Street?”, “se equivocó de ámbito, esto no es lo que quieren escuchar los inversores”, “¿en su país el Gobierno ataca a un empresario que debe cerrar una fábrica y paga lo que corresponde a sus empleados?”, “¿para qué trajo a los gobernadores si los escondió y ni siquiera se reunió con ellos?”.

Seducción bélica. Los argentinos presentes debieron recordarles a los extranjeros que esos ataques no eran nuevos: ya los habían sufrido, entre muchos otros, el dueño de uno de los dos bancos nacionales más grandes (Jorge Brito), un banco de capitales chinos (ICBC), la asociación de bancos, el foro IDEA, el mayor empresario textil (Teddy Karagozian), la UIA y los dueños de Clarín, La Nación y Perfil. Además de que Milei llama “héroes” a los que evaden impuestos.

… cuyos principales enemigos parecían ser aquellos sectores a los que debía seducir.

¿Será este el sistema de convivencia más atractivo para conseguir inversores, en especial para un país que históricamente no exhibe reglas estables, pero sí restricciones cambiarias e inestabilidad macroeconómica?

A lo que el presente le agrega estancamiento económico, parálisis del consumo y una inflación creciente en los últimos ocho meses.

Milei podría argumentar que en su tierra no le fue mal insultando y gritando. Es un punto atendible. ¿Será que también los potenciales inversores internacionales pueden ser seducidos por una personalidad disruptiva cuyo leitmotiv es la destrucción del Estado y de sus críticos?

Todo puede ser, pero la experiencia indica que los inversores son reacios a apostar en países con gobiernos populistas que privilegian la polarización social antes que el consenso, que combaten a la prensa y persiguen a empresarios y políticos con nombre y apellido.

Lo contrario a Brasil. Hasta ahora, las únicas inversiones que se conocieron tras el evento fueron las de origen nacional, ya previstas. La de origen extranjero fue la de First Quantum Minerals, por US$ 5.250millones, destinada al proyecto de cobre Taca-Taca, en Salta. Es el mismo proyecto que hace un mes se había anunciado en todos los medios.

Los gobiernos que van detrás de esos inversores recurren a opciones interesantes como la de Argentina Week salvo que, para que funcionen, intentan mostrar que sus países son normales y previsibles.

Brasil es un ejemplo de ello dentro del continente. Lo hace a través de eventos promovidos por la Agencia Brasilera de Promoción de Exportaciones e Inversiones (ApexBrasil). Hasta donde pude ver, no encontré antecedentes de funcionarios brasileños que se presentaran ante el mundo de la forma en que lo acaban de hacer los nuestros.

De hecho, mientras que Milei viene insultando a Rocca desde principios de año, hace una semana el presidente de Brasil compartió con él un acto en el que el grupo Techint inauguró en el estado de Río de Janeiro la Escuela Técnica Roberto Rocca. La nueva institución se encuentra a pocos kilómetros del complejo siderúrgico de la empresa, que emplea a 8 mil trabajadores y exporta el 70% de la producción de acero.

Al parecer, un “comunista” como Lula sabe mantener relaciones de respeto y conveniencia mutua con los empresarios, mientras que “el mayor defensor mundial de la libertad” los espanta.

Lo otro que le falló a este intento de seducción internacional fue el papelón de Adorni en el avión presidencial. A lo que se sumó, mientras todavía estaba en Nueva York rodeado de inversores, la difusión de un viaje familiar en avión privado a Punta del Este durante Carnaval.

Para colmo, Adorni. Se podría decir que al lado del caso $Libra (una estafa promocionada desde el Estado) o las coimas del 3% que salpicaron a Karina Milei, lo de Adorni aparece como una irregularidad menor, a pesar de revelar la hipocresía de proclamar un estilo ético que no se aplica.

En este caso, fue muy interesante ver cómo los comunicadores más oficialistas demostraron conocer las técnicas básicas del periodismo, que no usan en su trato habitual con el poder político. Mucho menos con el Presidente. Frente a Adorni, en cambio, supieron preguntar, repreguntar, pedir pruebas, señalar contradicciones y no dejar pasar excusas absurdas.

Todo, acompañado de un nivel de indignación que resultaría lógico si no fuera porque no es la misma vara con la que miden no solo otros escándalos de corrupción, sino hechos institucionales graves. Como, por ejemplo, ese estilo chavista con el que Milei ataca a empresarios, economistas, opositores y periodistas.

Recuerdo, yo era chico, que en los noticieros de la dictadura siempre había un “periodista” que hacía las veces de crítico. En algunos casos con un nivel de indignación que sorprendía en medio de un gobierno impiadoso.

Lo cierto era que esas críticas apuntaban a temas como las veredas rotas, la mala educación ciudadana o al reclamo de mayor castigo frente a algún delito. Imposible que esos indignados hablaran de asesinatos, desapariciones, campos de concentración, censura y de una economía estancada y con inflación.

La indignación de los comunicadores oficialistas ante el papelón Adorni puede entenderse como una forma similar de disimular el cotidiano silenciamiento militante frente a la realidad.

Pero el nivel de indignación general en torno a este caso puede simbolizar algo más. Un creciente descontento social.

No ya por la hipocresía de un funcionario o por su eventual enriquecimiento. Sino por esa realidad que, aunque se la intente silenciar, siempre se termina imponiendo.

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